Desde la Bestia al Refri – el Viaje de un Joven Salvadoreño a los Estados Unidos

Comentario, Luis Cubas

Richmond, California – Desde el momento en que me desperté, me di cuenta de que había algo extraño de la mañana. El sol no había salido, los pájaros no estaban cantando, y en vez del camión escolar mi papá me llevaría a la escuela.

Pronto me di cuenta por qué ese camión no había llegado: al caminar a la escuela mi padre y yo pasamos dos sábanas blancas en el suelo, ambas manchadas de sangre.

Después nos enteramos que las víctimas eran dos niños locales que murieron después de tratar de huir de pandilleros que los perseguían. Era 2006, un mes más tarde me fui de El Salvador y me dirigí hacia el norte a los Estados Unidos.

Todavía se siente como si fuera ayer, y me doy cuenta cuando veo los jóvenes que llegan a este país de Centroamérica que yo no fui el primero, y no seré el último.

“Salí de El Salvador debido a la violencia en mi barrio”, dijo Carlos, 17, “y porque sé que el país es pobre, y si me quedaba no habría ninguna oportunidad para mí”. (El nombre de Carlos ha sido cambiado para proteger su identidad).

Llegó a Richmond en junio, después de una ardua caminata de cuatro meses de casi 1.700 millas.

De mal en peor

La situación en El Salvador ya estaba mal cuando me fui. El costo de vida iba aumentando, superando lo que los ciudadanos comunes podían permitirse, mientras que los homicidios aumentaban cada día. Las cosas sólo parecen haber empeorado.

El Salvador es uno de los países más pobres de Latinoamérica, con las personas comunes ganando alrededor de $ 3.700 al año, según datos del Banco Mundial. Alrededor del 35 por ciento de la población vive en la pobreza. El país también tiene una de las tasas de homicidio más altas del mundo, a 91 por cada 100.000 habitantes. Eso es justo detrás de Honduras, que ha sido etiquetado por algunos como la capital mundial del asesinato.

“Sabía que podía perder la vida en cualquier momento si me quedaba”, dijo Carlos, quien al igual que muchos otros se fueron de El Salvador sin compañia. “Me preocupaba que me seguirían [pandilleros], lo que pasó varias veces cuando yo estaba allí”.

Carlos dice que él es uno de los afortunados, no sólo porque él llego a los Estados Unidos, pero también porque aún está vivo.

“Uno de mis amigos fue confrontado por pandilleros y lo mataron… otro fue asesinado porque el asistía a una escuela que algunos pandilleros no les gustaba. Por eso lo mataron”.

El infierno en la tierra

“Salí de El Salvador, y cuando llegué a Guatemala, crucé todo el camino hasta la frontera con México. Esa es la parte más difícil del viaje. Se podría decir que es el infierno en la tierra… ya que aquí es donde tienes que tomar la ‘bestia'”, dice, refiriéndose a una red de trenes de carga utilizados por los migrantes para cruzar México.

Cuando Carlos llegó a la frontera con Texas, fue encontrado y detenido por la policía fronteriza y más tarde se trasladó a un centro de detención donde tenían detenidos a otros inmigrantes. Carlos pasó casi un mes allí antes de que se le permitió salir.

“Lo llaman el ‘refri’, ya que el lugar es siempre muy frío”, explicó. “La gente me contaba de él cuando estábamos en el camino a la frontera, pero yo no tenía ni idea de que yo iba a terminar quedándome allí … nunca bajan el aire acondicionado y no tenemos cobijas para cubrirnos. No sabes si es día o noche”.

Carlos describe las habitaciones donde él y los otros fueron alojados como “pequeñas cajas blancas” que eran tan estrechas que algunos detenidos fueron obligados a dormir sentados o de pie.

Carlos señaló que en al menos una ocasión algunos detenidos protestaron las condiciones. “Cuando distribuían los alimentos, a veces se reían; una vez lanzaron dos barras de granola en el aire para ver quién de nosotros las agarraba primero. Para los que estaban allí, era un indignación”.

Carlos ahora espera su día ante el juez para saber si él se verá obligado a regresar a El Salvador. “Veo las noticias”, dijo, “y las cosas se ven más peligrosas ahora que antes”.

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